La ventana indiscreta de la pobreza

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Luis Eduardo Díaz Franjul

eduardofranjul@yahoo.com

No se trata del clásico film de 1954 “La ventana indiscreta”, de Alfred Hitchcock, protagonizado por James Stewart y Grace Kelly. Se trata de la visión de la pobreza desde la ventana de organismos nacionales e internacionales. Una de ellas es el Indice de Pobreza Multidimensional de la República Dominicana (IPM-RD), que trata de averiguar que sucede en los hogares dominicanos más allá del ingreso dentro de un conjunto de carencias que impactan la salud, educación y calidad de vida. Es solo una manera de ver la pobreza con diferentes vestidos y no con aquel que realmente la viste desde hace cientos de años, ignorando causas que doblegan el pulso a ese gran flagelo mundial. Por tanto que me perdonen los organismos nacionales, el Banco Mundial, BID, PNUD, la Iniciativa de Pobreza y Desarrollo Humano de la Universidad de Oxford (OPH), Oxfam y el Social Progress Imperative por la diversidad de correctivos introducidos para combatir la pobreza y no las causas que la originan. Ojalá se utilizaran los prismáticos de James Stewart para ver la pobreza desde otro ángulo de la ventana.

En vez de eso lo que siempre ha existido es un “barajeo” mediático, fantasioso, insostenible, quimérico y utópico sobre la pobreza. Por tanto hay que poner la mira en los países pobres o en vías de desarrollo para que el Estado se comporte como un sector económico como otro cualquiera. Basta comenzar con el cálculo del PIB Estatal. Le sigue la generación de riqueza material (obras de infraestructura, bienes y servicios) conjuntamente con los sectores productivos de valor agregado (sector privado: formal e informal). Así llegamos al PIB 2.0 avalado con la firma del “Pacto por la Productividad” entre los sectores público y privado para crear riqueza material. En buen castellano esta riqueza tiene por nombre: 1 – “Empresas Públicas de Bienes y Servicios – Financieros y No Financieros”, y 2 – “Empresas Privadas de Bienes y Servicios – Financieros y No Finanancieros”. La fórmula que plantea el aumento del empleo y eliminación de la pobreza en términos se denomina: “PIB 2.0 – Pacto por la Productivididad y/o Teoría de la Desigualdad”.

Como se sabe la riqueza material se mide cada año según los índices del PIB. Este solo refleja una cara de la moneda: el crecimiento económico en función de la generación de una riqueza distanciada del bienestar nacional. Con la inclusión de ese bienestar trato de que la moneda tenga dos caras introduciendo el “PIB 2.0 – Pacto por la Productividad”. Es la manera de concebir el aumento del empleo y eliminación de la pobreza en términos en función de la creación de riqueza que convierta al PIB no solo en índice de riqueza material sino también de bienestar económico y social, en consecuencia. Esto lo determinan los índices absolutos de reducción de la pobreza en función del aumento del nivel de empleo, o pleno empleo si se quiere. Si no hay riqueza no hay empleos en términos absolutos. El aumento del empleo en términos relativos es otra cosa. Este simple ejercicio tiene la finalidad de terminar con la hipocresía que rodea la pobreza. Lo que me diferencia de los demás es una simple fórmula para poner las cosas en su lugar y dejar de dar vueltas como la noria.

Son muchos los organismos nacionales, internacionales y las ONG que se encariñan con la pobreza desde el litoral, pero son millones los que buscan el sustento de sus familias en tierra firme o en el fondo de los mares. Los primeros esperan que el pez pique para luego exhibir su presa ignorando que la pobreza es un problema de bolsillo. Los segundos buscan la forma de resolver problemas de bolsillo o de alimentación, como el “buzo” de los basureros. El crecimiento económico como antesala que envuelve en “papel de celofán” el anhelado desarrollo económico, visto de esa manera, es una de las fallas del razonamiento económico ante la ausencia de una estrategia que parta en dos el corazón de la desigualdad y la elimine para siempre, aunque suene raro, utópico o descabellado. Solo se que tanto la política como la economía se convierten en ciencias raras, utópicas o descabelladas ante la ausencia de planteamientos, comportamientos o parámetros que las dignifiquen. La desigualdad no se regatea. Bastaría que los estados produzcan riqueza material partiendo de sus propias entrañas como lo hacen los sectores productivos para convertir el crecimiento en “igualdad económica”, antes de hablar de un “desarrollo económico” alejado de lo que se conoce como pobreza. La “igualdad económica” elimina la “desigualdad” aplicando el “PIB 2.0 – Pacto por la Productividad”.

La calidad o esperanza de vida, vista desde este ángulo, además del ingreso tiene como punto de apoyo aquellas infraestructuras públicas y privadas de salud y educación, para solo mencionar dos casos. Solo que resulta cuesta arriba reparar la salud sin previo aviso o soporte que la garantice, preferiblemente antes de estudiar o de una posible entrada a la clínica. Ante la ausencia de dinero líquido la supervivencia es un “puro ideal” que convierte el tema de la pobreza en cantos de sirena entre aquellos que prometen resolverla sin estrategia o fórmula alguna, de manera especial durante épocas de campaña electoral. No se puede hablar de calidad o esperanza de vida sin antes disponer de “bienes, servicios e ingresos” para vivir, teniendo como apoyo infraestructuras públicas y privadas. Para construir todo esto los estados tienen que calcular el PIB Estatal para cuantificar y monitorear el “aporte estatal a la pobreza”, no tanto al crecimiento económico ligado a un desarrollo distanciado del empleo y la pobreza, tarea que en grado sumo es responsabilidad de los sectores productivos de valor agregado. Partiendo del presupuesto los estados pueden crear riqueza, aumentar el empleo y reducir o eliminar la pobreza (Ref./Google: “Estado productivo o populista”). Sin embargo los horizontes de grandeza (sectores público y privado) obvian la firma del pacto por la productividad.

Que quede bien claro que no solo estamos hablando de los estímulos que los estados puedan proveer a los sectores productivos, traducidos en políticas económicas, monetarias, motivos o diferentes estilos de gobernar o estimular la economía, sino de la “productividad del sector público” para, además de la construcción de obras de infraestructura producir bienes y servicios como parte de una riqueza material que debe reflejarse en los índices del PIB, en este caso el PIB Estatal, ya que es harto conocido el PIB de los sectores productivos. En la República Dominicana se quiere tapar el sol con un dedo donde el pasado (Estado de la Era de Trujillo) nunca sirve, se le trata como mierda de vaca según el momento. Solo que es imposible negar que después de la muerte de Trujillo en 1961 el Gobierno Dominicano era el más rico de América al ser el Estado el dueño de la maquinaria productora del país, gracias a ese indigno pasado. Aún así esa riqueza se fue a pique porque el “Patrimonio Empresarial del Estado de la Era de Trujillo”, según los filósofos de la naciente democracia, no fue un real patrimonio nacional sino aquel que todavía busca el “Estado Social y Democrático de Derecho” entre canciones y versos. Donde está ese patrimonio?.

Tampoco se puede negar que la supervivencia de la República Dominicana dependió durante muchos años de ese indigno “Patrimonio Empresarial del Estado de la Era de Trujillo” hasta ser dilapidado en su máxima expresión. A falta de eso nuestra supervivencia tiene como sustituto, en gran medida, el “Patrimonio Empresarial de los Sectores Productivos de Valor Agregado”, es decir las “Empresas Privadas de Bienes y Servicios – Financieros y No Financieros”, no tanto el patrimonio de un Estado que en 1961 tuvo el Gobierno más rico de América, que dejó de serlo ante la presencia de un tsunami llamado “quehacer político” que se lo llevó todo. Debido a eso, a ese tipo de “cultura democrática”, una diferencia abismal desde el punto de vista productivo separa al sector público del sector privado, donde este último le lleva la delantera en materia de productividad. El problema es que ambos sectores permanecen atrincherados en sus propios horizontes de grandeza sin indicios de formalizar un verdadero “Pacto por la Productividad” que resuelva el problema de la desigualdad. A estas alturas no hay que olvidar (como parece ser) que el sector privado y la ciudadanía en general producen una “riqueza monetaria” que se conoce como “Presupuesto General del Estado”. Es por eso mi insistencia en el PIB Estatal y en la publicación mensual en los medios escritos de los ingresos y egresos del Prespuesto General del Estado como era la práctica en la segunda mitad del siglo XX

Siempre hay que ver más allá de los ingresos de los hogares dominicanos si realmente se quiere aumentar el empleo y eliminar la pobreza en términos absolutos en vez de lidiar a posteriori con las secuelas de la pobreza sin barreras o muros que la detengan. Para eso hace falta un modelo o sistema que ponga en práctica la “igualdad económica” dentro de un desarrollo integral cuyo propósito sea la eliminación de la desigualdad en términos absolutos como real sentido o razón de ser del crecimiento económico y generación de riqueza. Este desarrollo integral no es otra cosa que la puesta en práctica de la productividad pública y privada de manera conjunta para incrementar los niveles de riqueza que eliminen el desempleo y la pobreza y donde los mayores niveles de ingreso sean consecuencia de la productividad, no del populismo y clientelismo. Ahora bien, se se trata de un “Populismo productivo” (título de uno de mis artículos) que conduzca a la “igualdad económica” no tengo problemas con eso. La historia es testigo de que en la Era de Trujillo hubo grandes obras de infraestructura y empresas públicas de bienes y servicios que conformaron el “Patrimonio Empresarial del Estado de la Era de Trujillo” en el que participó el sector privado. Hace falta el verdadero “Patrimonio Empresarial del Estado de la Democracia” para, conjuntamente con el sector privado, trillar el camino que conduzca a la igualdad económica. Por qué esos sectores no se ponen de acuerdo?…pregunta un amigo televidente.